"Piedra y Encrucijada" de Paco Zarzoso (14-05-19)

“Ay Paquito, con lo guapo que tú eras…” Silencio. La Piedra. La Encrucijada. Y Paco Zarzoso. Voz en off y comienza. Hete aquí que estamos en presencia de un nuevo reto, personal y dramático, que vincula la obra a la experiencia vital de un autor que se resiste a crear un piélago de vanidades en la literatura dramática, a costa a veces de su propia subsistencia. Sin más dilación y con la precisión de un cirujano, empieza a diseccionar las sempiternas unidades que “el muy griego” de Aristóteles forjó para la escena, y sin apenas darnos cuenta se nos representa cual Buster Keaton de sonrisa levemente burlona. Y así va desgranando, como en toda su obra, una sabiduría propia de los grandes maestros de la pluma dramática, y la sonrisa e incluso la carcajada van adueñándose del monólogo-que-no-lo-es, y que sin duda nos recuerda al gran Poncela. 
Pero no acaba aquí la cosa, pues no contento con reflejar cierto patetismo lastimero, derriba la cuarta pared y convierte al público en su aliado, o bien el público se alía con él -que también-, y la incipiente comedia es también tragicomedia. Y este teatro ebrio alcanza al actor, que se mece en el sacrificio como catarata de su inteligencia. Como diría –y que me perdone el atrevimiento- Peter Brook, tiene mucho de “espacio vacío”. Porque Zarzoso despliega como nadie la inefable cualidad del “signo”. La Piedra o la existencia. La Encrucijada o el dilema. El frío páramo turolense o la soledad. La bota o la locura. La Trufa o la Arcadia. El Aurresku-Gudari o la lucha. Signos todos que planean en la pieza para asomarse al drama del protagonista como escenarios artaudianos. Hay algo de legado y de confesión ebria en esta pieza. Y es que no hay que buscar didascalias para definir el paradigma zarzosiano. Paco es así…

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