Zarzoso y Cunillé. Del 17 al 27 de septiembre en Sala Ultramar de
Valencia. Sobriedad interpretativa. Austeridad escénica. Opresiva. Orgánica.
Nocturna. Terrenal. Palabras y música se funden en un lenguaje escénico
que va desgranando las sombras de los personajes presentes y ausentes. Se tiene
la sensación de estar ante un lienzo. De formar parte del retrato. Es tal la
mímesis teatral, que el espectador recibe las notas del violonchelo cual texto
dramático, en un viaje atormentado y severo hacia la luz de los personajes. Artaudiana
por momentos, la música desgarradora, irónica, desafiante, triste y doliente
eleva el teatro a ópera de los sentidos. Qué decir de Lola López y Àngel Figols
cuando el alma recorre cada una de sus palabras y llegan a lo más recóndito de
nuestra conciencia. Excelentes actores, en los que la técnica interpretativa
fluye con talento y se desenvuelve sin estridencias, con una sobriedad que
linda armónicamente con la complejidad de los personajes. O Teresa Alamá que
encarna las ausencias y las presencias con virtuosismo violonchelista;
contrapunto escénico, por sus cuerdas resbalan las emociones a lo largo de la
obra. Alegato al teatro como redención, sólo se me ocurre una palabra para definir
el texto y la puesta en escena: magistral.

No hay comentarios:
Publicar un comentario